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 Un relato

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AurelioApe
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AurelioApe
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MensajeTema: Un relato   Un relato EmptyVie 15 Sep 2017, 14:07

Este verano he tenido el placer de leer Las Legiones Malditas de S. Posterguillo y sin animo de estar a su altura ni de lejos me han entrado ganas de emularle y hacer un relato histórico que os pongo para que lo critiquéis.
Sed sinceros y no aduladores para saber si merece la pena proseguirlo o quemarlo.


Un día más
Capitulo I

El ruido del campamento al despertar inundó la llanura. El sol de agosto empezaba a calentar nada más aparecer sobre el horizonte, iba a ser un día caluroso.

Akil se desperezó junto con sus diez compañeros de pelotón mirándose entre ellos, pensando a cuales de ellos no volvería a ver por la noche. Muerte o Victoria. Esa era clave. Vencer y vivir o caer derrotado y morir. Eso con suerte, en el peor de los casos podrías terminar tus miserables días como esclavo. Así es la maldita guerra. Así es la maldita vida. Esta es la vida del mercenario, matar para poder seguir muriendo un día más.

Más de dos años llevaba enrolado en aquel ejercito, había surcado mares, atravesado las montañas más altas que jamás soñó que existieran, cruzado ríos y pantanos, visto ciudades y aldeas de todos los tamaños, había conocido multitud de pueblos y culturas diferentes a la suya tantos que ya no recordaba los nombres de todos, vio animales desconocidos y dentro de aquella amalgama de seres distintos que componían el ejército conoció a personas de buen corazón y engendros de la maldad.

Aprendió muchas cosas desde que salió de su Ebusia natal (Ibiza), aprendió a matar para poder vivir y aprendió a marchar, sobre todo a marchar. Marchar desde el amanecer hasta la caída del sol. Caminar sobre todos los terrenos y en todas las condiciones climatológicas, un pié detrás del otro hasta el infinito. Como odiaba esas marchas y como envidiaba a los destacamentos de caballería. Se les veía tan gallardos y descansados sobre su monturas, con todo ese equipamiento de protección y ataque; no como él y sus compañeros. Cuando se enroló solo disponía de su propio cuerpo, una túnica corta de lino, un zurrón de piel de cabrito y tres hondas de esparto. Su equipo había aumentado desde entonces, ahora disponía de una rodela de mimbre de espeso trenzado forrada con cuero grueso, una daga, unas sandalias y una manta que usaba tanto para dormir como para abrigarse de día. Todo ello fruto de la rapiña a los cadáveres de los enemigos muertos. Claro que habían espadas, escudos, cascos, armaduras, lanzas y toda clase de pertrechos militares; el pillaje estaba tolerado, por supuesto, pero el equipamiento militar estaba controlado por la oficialidad y era requisado para que los encargados de suministros reabastecieran a nuestras tropas de los elementos que se iban deteriorando. Además todo eso es para los infantes, él era un auxiliar hondero. Los honderos son el escalón mas bajo del ejercito, carne de cañón barata de conseguir y equipar, sacrificables y prescindibles.

Algo de eso iba a cambiar esta mañana, Tolos, su oficial de batallón les había dicho que tenían un cometido especial en esta batalla, hoy su unidad de honderos tendría su oportunidad. El general esperaba de nosotros algo diferente esta vez, matar, como siempre; pero esta vez un objetivo muy concreto. Si lo hacían bien, su gesta podría cambiar el curso de la batalla; si no una muerte segura. Akil estaba dispuesto a todo, hoy se decidiría su destino, su cadáver se pudrirá al sol o obtendría recompensa y prestigio. Hasta hoy se había conformado con los míseros repartos de botines que llegaban a los últimos de la fila como ellos y el rancho diario que les entregaban. Nunca llegaba la paga, la distancia a la metrópoli y su alegada falta de recurso, los asaltos enemigos a los suministros y la corrupción interna hacían que nunca se cobrase a tiempo ni lo estipulado. Solo el pillaje les proveía de algo de valor; y aunque había aprendido con sus paisanos a solo darle importancia al vino y las mujeres, el oro y las riquezas nunca habían sido apreciadas especialmente en sus islas; también comprendía que sin ellas su vida se reduciría a seguir tirando piedras. No le agradaba especialmente la vida del ejercito y mucho menos la de hondero, pero era una forma de vida, de hecho la única que conocía desde que salió de la isla. Mejorar en este oficio es formar parte de cuerpos más protegidos, valiosos y por tanto menos expuestos; pero para formar parte de ellos se necesitaba equipamiento. Les habían prometido una moneda de oro a cada uno de los sobrevivientes del batallón si la misión fallaba, cinco más si tenía éxito y diez para el hondero que diese en la diana, si es que se podía demostrar quien fue. Una moneda significaba una semana de borrachera y lujuria, con seis podría comprar una espada, con veinte más compraría un caballo.

Mientras su mente divagaba su cuerpo se acercaba al la marmita del cocinero haciendo cola con la escudilla en la mano como el resto de compañeros. Gachas, las sempiternas gachas que el gordo cocinero removía con desgana en el caldero puesto al fuego. Aunque esta vez le habían añadido trozos de panceta y frutos secos; al parecer el general nos quería bien alimentados aquella mañana.

Akil y su compañero se sentaron el suelo y metiendo dos dedos en forma de cuchara en plato fueron llevándose comida a la boca.

- Están buenas las gachas, hoy me he levantado con hambre. Dijo Armindo con la boca llena.

- Come, que hoy vas a correr como nunca lo has hecho. Contestó Akil divertido Aunque si comes mucho te pesará la barriga y las jabalinas enemigas te darán alcance.

Armindo no se arredró por ello y fue a repetir con una sonrisa en la boca. Si tenía que ser su última comida al menos que fuera abundante.

Acabadas las gachas se levantaron y fueron hacia el escanciador que les llenó la escudilla de vino rebajado con agua y bebieron ración doble, durante la batalla no habría muchas más ocasiones de volver a beber y menos esta vez en misión suicida. Volvieron al campamento a recibir ordenes concretas.

Tolos, era el oficial al mando del batallón, unos treinta años, alto y fuerte como un roble, malencarado como un borracho de taberna, originario de Meloussa, la isla mediana de nuestro archipielago. Era un maldito cabrón, nos hacía entrenar tirando piedras y maniobrando cada día, hubiera habido marcha o no. No le importaba un carajo, si no tiras no sirves. Ese era su lema, cada día consumíamos varios zurrones de munición, su ejercicio favorito era que cada hondero cavaba dos pozos de dos pies de diámetro y profundidad, separados, al menos por dos estadios (unos 300m) y una docena de piedras que lanzadas desde uno de los dos agujeros debía entrar en el otro. El pequeño terraplén con la tierra extraída servía de referencia en la distancia. Lanzando piedras de un agujero a otro y corriendo hasta allí para repetir de nuevo al anterior pasábamos los entrenamientos Comprobaba escrupulosamente que en cada agujero hubiera doce piedras, y cada uno de los fallos significaba una vareada en la espalda con la rama de olivo que siempre portaba. Este tiro parabólico era especialmente efectivo contra unidades lejanas que conviene machacar. Otras veces, montañas de piedras lanzadas a medio estadio de distancia en un tiro tenso para reventar unidades cercanas, usando unos postes simulando las filas enemigas y correr, mucho correr. Correr a todas horas. No carreras largas pero si muy frecuentes e intensas, muchas veces sin apenas descanso entre ellas. Unas piernas fuertes salvan la vida al hondero. La infantería ligera de proyectil es por definición hostigadora, su función es molestar y huir ante la respuesta del enemigo para inmediatamente después volver a la carga con otra andanada.

El oficial estaba en el centro de los compañeros impartiendo las directrices del enfrentamiento. Su ronca voz resonaba por encima de la algarabía general de campamento.

- Las ordenes son que matemos o incapacitemos al general enemigo en los primeros compases de la batalla. Ya sabéis lo que eso significa, el general enemigo está siempre detrás de sus tropas y rodeado de su guardia personal; no estaremos en primera fila, oleremos su fétido aliento. Vamos a tener que lanzar a pocos pasos de su vanguardia y nos van a coser con sus arrojadizas. Hizo un descanso teatral y prosiguó - Es la parte mala, la buena es que los que volvamos esta vez seremos bien recompensados.

- Si volvemos alguno. Dijo Akil entre dientes para su amigo. Este asintió con una mueca en los labios.

- Los afortunados elegidos son nuestro batallón y el de Vali, esto no es casual. Continuó Tolos. - Es fruto de nuestra valentía y puntería, demostrada con cientos de muertos y heridos en las batallas pasadas. La serpiente tiene dos cabezas. Se nos asignará un objetivo y al batallón de Vali el otro. Uno de los dos batallones lo conseguirá, o puede que los dos, o quizás ninguno; así que os veré a todos aquí esta noche o el infierno.

A la vez que Tolos hablaba sus ayudantes iban repartiendo unos saquitos que contenían dos docenas de glandes de plomo. Akil lo abrió y metiendo su mano dentro pudo sentir el frio metal entre sus dedos, sopesó uno pareciéndole más pesados que los habituales. Normalmente solían ser de unos 80 gramos y estos parecían doblar ese peso.

Mientas tanto Tolos seguía hablando.

- Dispararemos primero los glandes, esos cabrones tienen buena armadura; pero nuestro plomo acabará con sus protecciones. Acabados los glandes gastaremos el zurrón de piedras, no habrá retirada hasta acabar la munición, solo haremos pequeños retrocesos tácticos. Victoria o muerte.

Victoria o muerte repitieron varias veces enardecidos. Akil como siempre escéptico con esas demostraciones de valentía las repitió sin mucho entusiasmo. Hacía tiempo que comprendió que el valor no se demuestra gritando sobre todo cuando el enemigo está lejos. Aunque esas catarsis colectivas siempre operaban positivamente en la moral y cohesión del grupo sabía que en el momento de la verdad solo estaban él, el proyectil y el objetivo.

Apartados a unos cuantos pasos, el oficial Vali arengaba de forma parecida a su compañía, también gritaron al final para darse ánimo y reafirmarse mutuamente.

Se dirigieron ambos grupos a la pequeña montaña de cantos rodados que el día anterior obtuvieron del río que discurría por el flanco izquierdo y llenaron los zurrones. Las piedras tenían todas tamaño y forma de un huevo de gallina y un peso entre 150 y 200 gramos. Con el zurrón rebosante y el saco de glandes se dirigieron al punto de inicio del desplazamiento.

Ochocientos honderos repartidos en ocho batallones formaban la vanguardia del ejercito. Se ubicaron seis de ellos formando una larga fila de lanzadores que ocuparía todo el frente de batalla. El batallón de Tolos se situó a unos 25 pasos detrás de esa fila, cerca del flanco izquierdo y el otro batallón suicida que mandaba Vali en la misma ubicación pero en el flanco derecho.
En una linea detrás de ellos se situaron la infantería gala e íbera, flanqueándolos aunque en una linea un poco más retrasada, los lanceros libios y estos a su vez con ambos costados protegidos por la caballería cartaginesa a la izquierda y a la derecha. Formaba todo el ejercito una gran linea combada ligeramente hacia delante por el centro, con la formación de honderos primero.

Aníbal y su guardia se situó detrás de todas las lineas, tal como acostumbraba a hacer al inicio de las batallas. Esperó a que todos los escuadrones estuviesen situados en los puntos de partida y dio la orden de que sonasen las trompas que marcaban el inicio de la marcha.

El sonido de las tubas llenó la mañana y el gran ejercito comenzó la marcha, manteniendo todas las unidades su posición relativa respeto al resto. Lenta y ordenadamente se dirigió a presentar batalla a los romanos. Siempre le asombró aquel inmenso rumor que hacen miles de hombres y bestias a moverse. Tan agradable sentirse arropado por el sonido propio como descorazonador cuando el ruido del enemigo es más poderoso.

- ¿Cómo demonios dices que se llama este maldito lugar, Akil? Preguntó Armindo casi gritando.

- !Canas, creo que llama Canas¡. Respondió elevando su voz por encima del rumor de la marcha.

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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyLun 18 Sep 2017, 10:02

... pues yo ya tengo ganas de más.
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyLun 18 Sep 2017, 22:35

sigue Aurelio ..quiero saber como acaba ...no me gustan las series por capitulos ...
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyMar 19 Sep 2017, 12:27

esto de esperar para el siguiente episodio no mola
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AurelioApe
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyJue 21 Sep 2017, 19:03

Vale... habrá desenlace. Pero por capítulos.  Wink

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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyJue 21 Sep 2017, 19:16

si no sale pronto te quedaran 2 telediarios Very Happy Twisted Evil
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyJue 21 Sep 2017, 20:06

AurelioApe escribió:
Vale... habrá desenlace. Pero por capítulos.  Wink

Laughing  Laughing  te lo he visto (leído) mejores.  Wink



alvaroma5 escribió:
si no sale pronto te quedaran 2 telediarios Very Happy Twisted Evil

Venga caña!!!!cheers1 rm_fish
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyMar 18 Sep 2018, 10:21

Bueno... casi un año después, os traigo el segundo capítulo.
A este paso el relato me va a durar más que las propias guerras púnicas. Smile 
Espero que os guste.







Ebusia, dos años antes
Capitulo II

Akil estaba en el puerto, era mediodía y aquella fría mañana de invierno no invitaba a recibir la caricia de la brisa marina que inmisericorde le traspasaba el cuerpo. Un rápido vistazo a los pabellones de los mástiles le permitió localizar el que buscaba. Una quinquerreme enorme enarbolaba la media luna con su lado abierto hacia abajo que indicaba a los cuatro vientos que la propietaria del navío era la poderosa ciudad de Cartago. El muelle era pequeño para el calado de la embarcación y fondeaba en el centro de la bahía al abrigo del viento del sur. Unos botes auxiliares estaban haciendo viajes desde el muelle al fondeo, transportando el avituallamiento y nuevos reclutas. El mar, impulsado desde el sur entraba en la bahía rompiendo con fuerza en el fondo norte y generando unas olas de reflujo que aún picaban más la superficie, la gran trirreme apenas se balanceaba pero las pequeñas embarcaciones estaban recibiendo importantes sacudidas por las rápidas olas y salpicaduras constantes que empapaban todo lo embarcado en ellas. Alcanzó a ver a uno de aquellos infortunados con la cabeza fuera de la borda echando un torrente rojo, que supuso vino y no sangre.

Se acercaba al puesto de reclutamiento cartaginés sin estar del todo convencido de si obraba bien. Su madre, el único vínculo que le unía a aquella isla, había fallecido pocos meses atás. Ya no le quedaban parientes vivos; su padre falleció cuando él era muy niño, Su madre le crió junto con sus tres hermanos mayores en la miseria absoluta que suele rodear a las viudas. Los dos más grandes, se enrolaron con los cartagineses y supieron con el tiempo, por otros paisanos más afortunados que lograron regresar, que ambos murieron en una gran isla, muy al este, que los griegos llamaban Sikelia. El tercer hijo, Asurit, también se alistó, años después, como auxiliar hondero con Cartago, a luchar a Hispania; nunca más tuvo noticias de su hermano. Tres años hacía ya de su partida y nadie de los que volvieron de esa leva supo dar razón de él, ni vivo ni muerto. Akil todavía abrigaba esperanzas de que siguiera con vida, alistado aún o bien desertor y procreando toda una prole balear con alguna íbera en los confines de aquellas tierras. ¿Quien sabe si los dioses permitirían que se encontrasen de nuevo?

Akil y Asurit siempre lo habían hablado, para sus pagadores sus vidas eran un grano de arena en la playa y por tal valor se les apreciaba. A cambio de un rancho y una promesa de botín se jugaban la vida en primera linea. La fidelidad en esas condiciones es escasa; el mercenario no lucha por defender a su familia y su territorio. La idea de la deserción siempre había estado en sus cabezas. Sus intenciones eran salir de Ebosium como fuera para volver rico o no volver, en la isla no había posibilidades; fuera, en el ejercito, no muchas más; pero era la única opción viable que les quedaba a los ibicencos. La necesidad ya había enrolado a generaciones de baleares y sabían, por las historias de los viejos del lugar, de las amarguras y privaciones de la guerra. Algunos habían conseguido volver con riquezas suficientes para empezar una nueva vida en la isla, fueron los menos. Otros, sabían con certeza, que habían optado por instalarse en aquellos lugares por donde guerreaban; bien al acabar la contrata, bien por desertar iniciando una nueva vida. Finalmente, los más, murieron en sitios remotos acribillados y ensartados por las armas de los enemigos.

Realmente no había mucho en que pensar, su vida en la isla no tenía futuro. Había pasado los últimos tres meses mendigando comida unas veces y trabajando en las fincas de los potentados a cambio de un rancho exiguo que alguna vez pudo complementar con la carne de algún incauto conejo que se le puso a tiro de honda. La noticia de la arribada de la nave cartaginesa con intención de contratar a los afamados honderos baleares supuso un punto de inflexión en su vida. Sopesó la vida que le esperaba en su tierra y los posibles logros a obtener. El fiel de la balanza apuntó claramente hacia el puerto donde le esperaba la nave cartaginesa. No quiso poner en el otro platillo las privaciones y peligros que seguro le acosarían. No lo pensó mucho, la intuición a veces y sobre todo el hambre, son factores más influyentes en las decisiones que la razón y la lógica. Recogió sus pertenencias que se limitaban a su túnica de lino, una burda capa de lana, tres hondas de diferentes longitudes, un pedazo de queso, un trozo de pan reseco y una calabaza para beber. Lo metió todo en su zurrón, vestido con la túnica y abrigado con la capa, se despidió aquella tierra que le vio nacer.
A pocos pasos del puesto de reclutamiento se detuvo. Permaneció inmóvil durante unos instantes, dudando. No tuvo tiempo de meditar mucho la decisión pues uno de los cartagineses del puerto se fijó en él y se le acerco sonriendo.

-Hola joven. Le dijo. ¿te interesa alistarte en el ejercito mas poderoso del mundo y al mando del glorioso general Anibal Barca? Prosiguió.

Le había hablado en su propio idioma y no en la jerga púnica de los cartagineses, pero Akil no contestó.

El reclutador se le acercó aun más y le preguntó de nuevo.

- ¿Quieres enrolarte? ¿Sabes manejar la honda?

- Akil asintió con la cabeza; pero a la segunda pregunta. Para la primera todavía no tenía respuesta.

- Bien, ¿como te llamas?

- Akil. Contestó con la voz ronca.

- Demuéstrame que sabes tirar, Akil. Le dijo entregándole una piedra esférica que sacó de los pliegues de su túnica.

- ¿Ves aquella gaviota? ¡Derríbala!

Akil sacó una de sus hondas del zurrón, miró hacia donde le señalaba el cartaginés y vio, a un estadio de distancia, la gaviota planeando sobre el mar. Cargó el proyectil en la bolsa estiró su brazo izquierdo hacia atrás, pero antes de iniciar el volteo, bajo el brazo de nuevo y se volvió hacia su interlocutor.
- No quiero matar lo que no me voy a comer. Indícame otro objetivo.

El púnico lo miró sorprendido. Nunca le habían dado una replica semejante. El atrevimiento del joven era mucho. No le gustaba la gente indisciplinada ni rebelde y el muchacho parecía encajar perfectamente en ese arquetipo de persona. Por otro lado tenía razón, los dioses cartagineses tampoco alentaban a matar sin necesidad ni motivo. Decidió que una respuesta sensata merecía una oportunidad.

- De acuerdo, joven Akil. Te pondremos a prueba con otra diana. Dijo mirando a su alrededor. Una sonrisa malvada se le dibujó en el rostro. Como a dos estadios, recostado sobre una barca volcada boca abajo, había un borracho durmiendo la mona al principio del muelle.

- ¡Dale pues a aquel borracho!

Akil no quería hacer daño a aquel hombre. Ya tendría tiempo y ocasiones de matar personas. Se estaba alistando en el ejercito para matar soldados, no borrachos indefensos.

- Ese hombre no es mi enemigo. Dijo Akil.

- Y tampoco me lo pienso comer. Añadió con sorna.

Tras un instante de tenso silencio, la risotada del cartaginés le hizo saber que la finta le había salido bien.
- Esta bien muchacho. Doy por sentado que sabes tirar. Todos en estas malditas islas saben tirar. Concedió el reclutador.

-Veo que no te gusta matar ni hacer daño innecesario, eso demuestra que la bondad anida en tu corazón. Nuestro dios Baal dice que debemos respetar la bondad. Pero estamos en guerra contra la ciudad Roma, nuestro rival de antaño, su ambición de poder es tal que al igual que el cuco hecha del nido a sus legítimos dueños, los romanos pretenden echarnos de este mar que nos pertenece. Espero sepas demostrar tu valía como soldado al servicio de Cartago.

- Cuando llegue el momento mi brazo estará firme y mis piedras volarán directas hacia los romanos. Contestó Akil.

-Ve hasta mi ayudante y dale tu nombre. Te daremos tres comidas calientes al día y un jergón. Una moneda de oro cada luna más lo que puedas coger en los saqueos consentidos. Tú a cambio serás hondero auxiliar a nuestras órdenes, hasta el fin de la gloriosa campaña que iniciamos contra Roma.

- Me parece bien. Mintió Akil, dirigiéndose hacia la mesa del ayudante.

Poco imaginaba Akil que aquel encuentro tendría una importancia relevante en los acontecimientos que le esperaban. Súrit era el secretario personal y mano derecha del mismísimo Aníbal Barca, gozaba de su absoluta confianza para todos los asuntos no militares.
El secretario apuntó su nombre en unas tablillas y con un gesto le indicó la fila de hombres que esperaban en el muelle que uno de los botes los transportasen a la quinquerreme. No tuvo que esperar mucho, una de las barcas ya iniciaba su regreso y al poco se subió con cinco hombres más a la barquichuela. Habían cuatro remos que se asignaron a los cuatro primeros hombres que embarcaron. Akil, al ser el quinto no tuvo que remar; aunque no le importaba, había salido de pesca muchas veces con su hermano y sus vecinos, estaba acostumbrado a los remos. No le daba miedo el mar. Respeto sí, a lo largo de su corta vida había visto desaparecer muchas personas de la aldea, que salieron a pescar y nunca más regresaron. Un paseo por la ensenada del puerto, por agitado que estuviese el mar no le preocupaba. Otra cosa será cuando estemos en alta mar. En sus salidas pesqueras nunca dejaban de ver tierra y aunque siempre le agradó la gran inmensidad del agua no se sentía a gusto cuando la isla solo era un pedazo de tierra que desaparecía bajo el horizonte con el movimiento de las olas.

El poco tiempo del viaje fue suficiente para llegar empapado por los rociones y con mal humor por el frio intenso. Del costado de la nave caían varias escalas por las que treparon los nuevos reclutas hasta subir a bordo. El marinero del bote retiró dos de los remos y con los otros restantes, inició el regreso al muelle.

El penetrante olor le llegó hasta el cerebro antes de terminar el ascenso. Una pestilencia infernal le llenaba las fosas nasales. Hasta el momento de subir a bordo el viento no le había permitido oler aquella nauseabunda mezcla de excrementos, orines y sudor humano. Nunca había estado antes en un barco tan grande. Al el primer vistazo comprendió el motivo de aquel hedor. Dos centenas de hombres se hacinaban a ambos costados, sentados en unos bancos desde donde por parejas manejaban un remo. Pudo observar que muchos de aquellos hombres, la mayoría, estaban encadenados al banco. Allí comían, dormían y hacían sus necesidades. Un rastro de color ocre debajo de cada uno de ellos así lo atestiguaba. Los restos resbalaban por la cubierta hasta un canalón que supuestamente tenía salida por la bordas. Sin baldeos frecuentes aquellas cubiertas eran una cuadra a cielo abierto. También observo que algunos de los remeros no portaban cadenas. Luego supo que entre ellos habían esclavos y penados así como hombres libres que saldaban alguna deuda remando para la ciudad de Cartago.

Un marinero los dirigió hacia una cubierta inferior en la que ya se encontraban otros hombres. Por el acento de las conversaciones y las vestimentas enseguida reconoció a sus vecinos de la isla Meloussa. La embarcación había hecho escala primero allí, para reclutar una leva en la isla más norteña y de camino a la península recalar en Ebusia.

El marinero les hablo en púnico indicándoles que se acomodaran donde pudieran. Esta misma noche zarparían en dirección a Cartago Nova en donde desembarcarían para engrosar las filas del ejercito del más afamado general cartaginés. Sin más preámbulos el marinero subió de nuevo las escaleras hacia la cubierta superior.

Sin saber muy bien que hacer y molesto todavía por el impertinente olor, se dirigió hacia un hueco libre en el costado de estribor. Se sentó en el suelo de tablas y se recostó. A su lado estaba sentado un joven de piel muy oscura. Tras colocar el zurrón en el otro costado, girándose, se dirigió a él.

-Me llamo Akil de Ebusia. Le dijo tendiéndole la mano.

-Hola, soy Armindo de Melousa.

Respondió, aceptando la mano ofrecida. Con aquel apretón de manos se inició una amistad que llevaría aquellos dos muchachos, apenas hombres, a cruzar buena parte de la Europa conocida y ser testigos de los acontecimientos históricos más relevantes de la época que les tocó vivir

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irco
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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyMar 15 Ene 2019, 22:17

Se queda uno con ganas de más.
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Juan Ant. Espinosa
Homo erectus



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MensajeTema: Re: Un relato   Un relato EmptyMar 09 Abr 2019, 14:58

Me encanta. Qué bien escribes. Pero bien de verdad.
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